lunes, 20 de junio de 2011

el color de la vida

A mí me gusta cambiarle el color a la vida.  Creerán ustedes que lo hago por medio de los ojos, pero no es así, ellos ya se encuentran muy ocupados mostrándome los monótonos colores "reales" de la vida.

El verdero pincel de la vida es el oído. pero más que el oído, es la música el pincel mágico. A través de él un día nublado puede convertirse en una marcha multicolor, una caminata tediosa puede ser un viaje fantástico con muchas risas y recuerdos. Esa es otra cualidad de la música, podemos evocar tantas cosas, momentos tristes, felices, todo a través de un simple sonido. El sentirse libre en esta jaula llamda ciudad no tiene precio, que tu corazón pueda latir a mil sólo con una señal acústica es precioso.

Es muy difícil expresar con palabras todo lo que los sonidos pueden producir, y mucho más difícil es saber si lo que siento yo con la música lo sienten lo demás. Después de todo soy daltónico

domingo, 27 de marzo de 2011

Lámina 3VH

En una calurosa tarde de verano una de las cosas que primero se vienen a la mente son los juegos de escondidas. 1,2,3, ¿dónde estarán todos? 4,5,6, ¿podré encontrarlos? 7,8,9, es sólo un juego, ¿no? 10, 11,12, tengo que encontrarlos, 13.14.15. Jugar a las escondidas estando solo no es muy divertido. -las lágrimas corren y el tiempo pasa- 1,2,3 por mi.

domingo, 6 de marzo de 2011

Bajo el pretexto de un café

El día estaba soleado cuando decidí salir a caminar por el centro de la ciudad asfaltada. El olor a carbón y caucho estaba por todo el ambiente y formaba una nube gris sobre los edificios; al verla creía que reflejaba el corazón de los habitantes de la metrópolis (y hoy estaba más oscuro que nunca). Cada vez que levantaba la mirada aquella conglomeración de vapor se veía más gris y más des-esperanzadora; sin embargo salía el sol.

Llegué hasta el café que olía a magia y conocimiento, de esos que quedan cerca de los museos y son habitados por personas que creen saber más de la vida que cualquier erudito. El narcisismo de estos personajes es tan grande que se inventaron estos cafés para venir a debatir quien tiene la razón; se prestan libros, alzan sus voces, y todo bajo el pretexto de un café sin azúcar que termina intacto en el recipiente al final de la tarde.

El sudor corría por mi frente luego de haber deambulado por los laberintos de la ciudad (jaula). Al ingresar al recinto que quedaba en un sótano, la tonalidad de la escena cambió. Ya no estaban los tonos grises del afuera, ahora todo  estaba bañado por un tono ocre que emanaba de las lámparas que había en el techo. Era un recinto pequeño, podía contar de 10 a 15 mesas no muy alejadas las unas de las otras y al fondo estaba la barra donde la encargada del lugar vendía tortas de amapola, siempre con una cordial sonrisa.

De las mesas del lugar sólo estaban 2 ocupadas en ese momento. En una había cuatro jóvenes femeninas de corta edad, riendo e intercambiando fotografías. En la otra mesa estaban 2 hombres jóvenes, sus tazas de café estaban intactas y había 2 pilas de libros sobre la mesa, una a cada lado de las tazas.

No recuerdo muy bien, pero me parece que la tonalidad ocre de la atmósfera se hacía más oscura sobre la mesa de los 2 jóvenes, igualmente me invadió un frío lúgubre sobre este rincón, más no había ningún ventilador ni estaba fallando la electricidad.

Decidí sentarme en la mesa de al lado de los jóvenes. ¡Qué interesante el debate que estos dos deberían estar teniendo!.

La mesa era de madera de roble, en el centro había un vidrio que siempre tenía manchas de huellas digitales y debajo de este había granos de café y algunas flores falsas puestas como decoración. Se acercó la mesera, una mujer de piel color blanca, profundos ojos negros, cabello liso del mismo color recogido de manera un tanto desorganizada y con esa sonrisa amable de la que no podía escapar; ella era la razón por la cual yo iba frecuentemente al café y pedía siempre la torta de amapola así a mi no me gustase. Al llegar la mesera le devolví la sonrisa e hice mi pedido de siempre.

Después de algún tiempo de escuchar la conversación de estos jóvenes me di cuenta que estaban en un debate existencialista, uno de ellos se proclamaba como hombre de Dios y defendía la inmortalidad del cuerpo y el alma. El otro por el contrario, profesaba ser hijo de la ciencia y el materialismo. Según lo que me djo la mesera al llevarme el pedido tenían varias horas discutiendo y no habían llegado a un acuerdo; el defensor de la religión alegaba que tenía que existir un poder supremo que hubiera creado todas las cosas existentes, que la perfección del hombre no podía ser lograda de otra manera, y que al morir nos reuniríamos con el creador. El otro personaje respondía que todo era producto de la evolución y la selección natural. Cada uno citaba a varios autores y parecía después de dos horas que la conversación no tendría final.

Ya se habían retirado las cuatro jóvenes y en un momento hubo un silencio sepulcral en el lugar. Habían llegado a una solución. Una conversación de esta índole sólo puede terminar con la comprobación por parte de los partícipes de la hipótesis.

La muerte era la única solución para probar quien tenía razón y quien estaba equivocado. Al principio creí que no estaban hablando en serio, pero luego de escuchar atentamente sus argumentos detenidamente y luego que sacaran sus revólveres me convencí de que no podía haber otra salida. El misterio más grande de la humanidad se revelaría frente a mis ojos.

Con la más grande determinación en sus miradas ambos se apuntaron con los revólveres y sin pensarlo 2 veces apretaron el gatillo simultáneamente, haciendo que las paredes del lugar una mezcla de sangre, pintura y grasa. Los cuerpos inertes cayeron al suelo. Aquellos hombres habían quedado reducidos a cadáveres inertes con caras desfiguradas.

Pero ahora conocían la verdad, !los bastardos se largaron sin poder decirme quien tenía la razón¡. El odio y la duda empezaron a crecer en mí. Ahora no hay quien discuta, y ahora que los miro detenidamente veo sonrisas en los rostros de los 2 cuerpos, eso me enfurece aún más, no puedo tolerar el no saber, el ser un ignorante.

Ahora el revólver se acerca a mi cabeza, tengo que descubrir la verdad.


jueves, 3 de febrero de 2011

Alicia en los jardines de la casa


Mi piecito murió – dijo la pequeña niña -  ya no se mueve, sus deditos no me hablan como lo hacían antes, ahora ese dedo gordo ya no se va a poder comer el huevo a pesar que los otros lo hayan preparado ¡y hasta le hayan echado sal!. Y todo por perseguir al conejito – dijo la niña con expresión de tristeza y arrepentimiento – recuerdo que en el jardín de mi casa hay varios arbustos y como nadie me ve mientras juego voy a explorar; el día que mi piecito se murió, entre los arbustos había un conejito, blanquito, blanquito, blanquito, al principio creí que era una bolita de lana, pero cuando se volteó para sonreírme me di cuenta de lo que era, y salí detrás de él. El problema con los conejitos es que son muy rápidos, salió de entre los arbustos y atravesó el jardín pasando por el borde de la fuente y yendo hacia la huerta donde están las zanahorias, yo corrí tras él lo más rápido que pude, y eso que tenía falda. Cuando llegué a la huerta el conejito ya se estaba metiendo por un agujero en la tierra, yo había visto una película en la que una niña perseguía a un conejito que se metía en un hueco (como el de mi jardín) y llegaban a otro lugar, en el momento que el conejito me hizo la seña para que lo siguiera supe que iba a pasar lo mismo. Lo malo es que el hueco era muy chiquito y solo cupo mi piecito y ¡cuando lo iba a sacar me dolió muchísimo! Casi como cuando me machuqué con la puerta la otra vez, entonces grité muy fuerte hasta que mi mami me ayudó y me tuvieron que llevar al doctor.

Yo les dije que no quería ir, pero como soy chiquita no me hicieron caso, allá en el hospital me sentía como pinocho (en el hospital de los juguetes llegó el pobre pinocho malherido…) y me pusieron en una cama muy muy fría y me dijeron que tenían que sacarle una fotito a mi pie, les dije que tenía que salir con un buen perfil y ojalá sonriendo, pero el señor que tomaba las fotos pareció no tomarme muy en serio.

Luego de un rato vino el doctor con una lámina azul diciendo que esa era la foto de mi pie, la verdad creo que se equivocó porque habían sólo unas como fichas de lego blancas, pero ni siquiera aparecían mis uñitas, les dije que ese no era mi pie, que el mío era mucho más bonito, pero el doctor me aseguró mil veces que sí era…ya no me cae muy bien ese doctor.

Ahora mi pie parece una momia, es como si le hubieran puesto un disfraz, lo curioso es que no estamos en época de halloween, además parece que le picara el disfraz, trata de moverse pero no se mueve, trata de gritar pero ni siquiera un susurro sale, está amordazado y no puede expresarse

Me han dicho que más que halloween es como si estuviera en un carnaval, porque tiene que usar su atuendo durante varios días; caminar con un pie momia es muy difícil, tengo que usar unas moletas…perdón, muletas (dijo mi mamá que escriba bien) por estos días no podré jugar en los arbustos ni buscar al conejito de nuevo, pero cuando lo pueda volver a hacer sabré que he aprendido algo. ¡Mejor meter la cabeza que la pata!

jueves, 6 de enero de 2011

Roja realidad

Dicen que unas palabras pronunciadas en el momento y lugar adecuados pueden cambiar el mundo

¿Cómo saber si tenía un problema?

¿Cómo saber que mi vida estaba vuelta al revés, si para mi ese siempre había sido el derecho de las cosas?
Para mí era normal que la gente me mirara con desprecio cuando lo hacía, porque generalmente me ignoraban, simplemente era un fantasma rondando por las calles o los pasillos, creía que mi vida estaba totalmente llena y satisfecha.

Vivir engañado no era tan malo, cuando no tienes contacto con nadie crees que tu modo de vida es el adecuado (mi abuelo decía, mejor bueno conocido que… no recuerdo que seguía en el refrán) tal vez por eso nunca conocí a nadie nuevo, y no sé si es que no me interesaba o me daba miedo salir lastimado, la verdad nunca lo pensé demasiado. Alguna vez escuché una canción que decía que no se sabe con exactitud si 
el conocimiento es amigo o enemigo, porque uno no sufre por lo que no conoce.

¿Por qué ella tuvo que quitarme la venda que tenía en los ojos, por qué quiso mostrarme el mundo? yo estaba bien como estaba, ¿por qué tuve que enamorarme?… (¿Se llama a eso enamoramiento?)  tal vez no, pero cuando una persona se te acerca,  conversa contigo y es la única que se toma la molestia, tiene que haber algo que una a esas personas, yo creí que era amor. Que insulso.

Como haber sabido que la gente no debe vivir bajo los puentes, que las ratas no son la mejor fuente de alimentación, que el baño se tiene que hacer todos los días, que los únicos que deben usar la misma ropa a diario son los personajes de las tiras cómicas.

El vagabundo no se había dado cuenta de lo que había pasado. La mujer vestida de rojo que pasaba por aquella esquina, vio al hombre tumbado sobre una cobija maltrecha,  él estaba sucio con una barba mal cuidada y en un estado de nutrición más que lamentable.

La mujer sintió lástima, le dejó algunas monedas, un pan que llevaba consigo y le susurró estas palabras al oído “date cuenta de lo que vives, esto no es una vida que deba llevar ningún humano”. El hombre rompió en llanto mientras los tacones de la mujer resonaban por la calle mientras se alejaba. 

lunes, 29 de noviembre de 2010

Draconian

Cuando era niño mi padre me contó miles de historias increíbles. Historias de tiempos y lugares perdidos, lugares que parecían sacados del reino onírico del hacedor mismo de los sueños, fantásticos relatos de caballeros, princesas y por supuesto los imponentes y fenomenales dragones, aquellos que podían arrasar pueblos enteros con sólo abrir su boca y originar una imponente llamarada que emanaba desde el interior de su garganta con una fuerza a la que nada ni nadie podía hacerle frente…Lo más cruel de todas estas historias que me contaba mi viejo es que yo las creí, tal vez porque fueron las mismas historias que a mi abuelo y bisabuelo les habían contado cuando aún eran unos críos, y porque ellos también las creyeron con ciega fe, aunque ninguno de mis antecesores haya visto jamás alguno de estos animales que el común de la gente opta por llamar “mitológicos”. De hecho ahora 10 años después del fallecimiento de mi padre sigo buscando uno de estos fantásticos seres.

Ahora tengo 23 años y soy un hombre a quien al parecer le han robado sus fantasías, visto con camisa, corbata y chaleco de lana, me siento en una oficina todos los días en el alto edificio y veo las otras edificaciones a través de los amplios ventanales que hay frente a mí, para darme cuenta día tras día que la ciudad está siempre vacía, no de gente, ellos siempre están deambulando como entes robotizados en las calles, vacía de ideales, de ganas de encontrarse a sí misma, de revolución, todas las personas que veo a través del vidrio parecen conformarse con su vida, y mientras todas estas situaciones me dan vueltas en la cabeza me doy cuenta que ya se ha enfriado el café que tengo sobre mi escritorio y tengo 5 llamadas perdidas de mi jefe que me pide tenga listo mi trabajo y me considera un caso perdido.

Las figuras de dragones inundan mi escritorio, los hay de varios colores y tamaños, los empecé a coleccionar desde mi adolescencia pero ahora que trabajo su número ha aumentado, ya que el 5% de mi sueldo va a un fondo especial al que he llamado draconiano y cada 3 meses salgo en busca de algún ejemplar nuevo que pueda enriquecer mi muestrario.

Siempre los dispongo de una manera diferente dependiendo de la semana y mi estado de ánimo, creando cada vez una escena diferente, cada semana vuela mi imaginación y mis recuerdos, acomodando los relatos de mi padre y empapándolos con mis propias batallas.  Los compañeros de trabajo pasan y me miran de una manera extraña, yo los compadezco porque simplemente nunca entenderán.
De regreso a casa me cuelgo mi mochila a la espalda y mientras camino por la vacía ciudad suelo alzar mi cabeza mirando hacia el cielo, el viento golpea mi cara y me revuelve un poco el pelo, abriendo los ojos veo formas en esas nubes iguales a retazos de felpa y me pregunto si alguno podrá bajo ciertas circunstancias transformarse en un dragón. Al darme cuenta después de unos cuantos segundos de que eso no sucederá vuelvo a la realidad, y recuerdo que justamente hoy es el día de pago de mi sueldo, el día de comprar una nueva maqueta para mi colección ha llegado.

Los latidos de mi corazón se aceleran, primero ir por dinero al cajero de la esquina, y posteriormente ir a la tienda de antigüedades que tanto me gusta. Con el trayecto mentalmente organizado vuelvo sobre mis pasos cada 3 meses, toda esta rutina la realizo casi como si se tratara de un ritual religioso. Sin embargo, el día de hoy observo que  mientras camino a la tienda de antigüedades algo no se siente igual.

Hay un río de personas en las calles, todas parecen estar felices, y hay un ruido que envuelve todo el aire; gritos, tambores, pitos, serpentinas, y explosiones de todos los sabores pululan en la atmósfera, me hacen sentir como en uno de los miles de los relatos de mi padre. Mi sangre en este momento hierve, sin darme cuenta ya tengo una sonrisa esbozada en mi rostro y estoy completamente inmerso en la fiesta que se da en la calle.

Me siento muy feliz, casi completamente, siempre está el sin sabor de que la bestia mitológica no va a aparecer, pero cual es mi sorpresa al darme cuenta que la gente en las calles, muchas personas empiezan a gritar - ¡Dragón!, ¡viene el dragón!, cuando miro al horizonte, sobre el asfalto de la calle veo que una figura majestuosa e imponente, viene acercándose, con su cuerpo totalmente escamado serpenteándose, sus ojos brillantes y su figura de sabiduría infinita, no me siento merecedor de semejante espectáculo, mis ojos no creen lo que ven, ¡pero definitivamente es real!, cada vez se acerca más, el dragón parece amigable, está en medio de todos, se deja acariciar, hasta sonríe, y no hay fuego por ningún lado.

En toda fiesta de este calibre es perentorio que haya alcohol y en esta no puede faltar, hay licores a diestra y siniestra, decido comprar un botella de mi vodka favorito, y empiezo a beber de forma rápida y descomunal, sin embargo poco importa, la situación lo amerita, por fin había pasado lo que había estado esperando toda mi vida hasta entonces vacía, lo que no habían podido ver generaciones y generaciones de familiares lo estaba viendo yo por mis propios ojos, de repente todo se torna borroso, debe ser el alcohol, todos los edificios, las casas, las personas dan vueltas y vueltas, todo se vuelve discontinuo, el tiempo da saltos como un conejo recién liberado del cautiverio, va de atrás hacía delante, luego de adelante a atrás, en un momento es de noche, veo mi habitación, mi baño, la cisterna recibiendo mis restos alimenticios, y luego la cama. Todo se funde y se tiñe de negro, la realidad se esfuma…

A la distancia un sonido.  - Beep, beep – maldito despertador, siempre sonando en el momento menos oportuno, abro los ojos y de repente un sordo dolor en los oídos y la cabeza, golpes de martillos y campanas vienen  y van, la sensación de vértigo que permanece y el sabor a vómito en la boca, y en el reloj, las 7: 30 am.

-¡Mierda!- dije en voz alta, era hora laboral y yo aún yacía en mi cama después de semejante jolgorio. Salgo despedido de mi reposo, me baño, me visto, me perfumo y doy marcha con mi mochila  sobre la espalda a otro vacío día de trabajo.

Sobre la mesa de noche hay una nota escrita con mi puño y letra, algo borrosa y la letra está un poco temblorosa, sin embargo se alcanza a leer; Nota personal: No volver a pasar por el barrio chino en su año nuevo.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La ciudad enmudecida


Ése día el cielo estaba completamente cubierto de gris, como si la ciudad misma quisiera esconder un secreto. Un gris que se rasgaba en miríadas de gotas de agua que caían bella pero ferozmente sobre la ciudad. Si alguien escuchara atentamente podría darse cuenta que el golpe de las gotas contra la tierra, el asfalto, el acero y el plástico producían la más hermosa de las melodías. Una melodía mesmerizante, que hace que los seres humanos actúen de maneras que no acostumbran bajo las condiciones climáticas usuales.

Nos situamos sobre un puente de la ciudad. Un puente por el que deambulan infinidad de peatones como hormigas obreras, yendo de un punto a otro, cumpliendo con su rutina, con su existir. Sin embargo, cada una de estas personas tiene su propia historia de vida, sus propios gustos, su propia manera de tomar los cubiertos al comer, su propia forma de caminar, sus propios miedos y sus propios deseos.

Está lloviendo como si nunca antes en la historia de la ciudad hubiera llovido; como si el cielo hubiera guardado todos sus lutos para ese día. Y en medio de semejante espectáculo, nos llama la atención la chica que lleva la sombrilla a rayas de color pastel. En medio de un jardín de sombrillas negras la sombrilla diferente capta nuestra atención. Nos acercamos un poco y podemos observar que va caminando cabizbaja, como quien ya tiene memorizada su ruta a casa, su vida. Sin embargo, hay otro individuo que también nos parece interesante dentro del grupo de hormigas y  atrae nuestra curiosidad; caminando en el sentido contrario, con nada más que un impermeable blanco como protección para semejante situación meteorológica, se encuentra un chico que va absorto en sus pensamientos, pensado probablemente si  aquellos coches, que pasan por debajo del puente, no serán más bien peces nadando en un océano gris.

La hermosa melodía acuática sigue aún su curso. Sin que nadie lo note nuestros dos personajes se van acercando, y sabemos que algo va a ocurrir, como cuando las puertas de un elevador se están cerrando; cerrando para final e indefectiblemente encontrarse en la mitad del trayecto.

Dos almas que van a colisionar están separadas en este momento por apenas tres metros de espacio y agua.

Por un cortísimo instante nuestros dos protagonistas, quizás guiados por la curiosidad o la desesperanza, logran escuchar una parte. Una insignificante y pequeña porción de la sinfonía acuática del sublime concierto que se está dando, sin que el resto del mundo ni siquiera sea consciente de ello. Y al hacerlo, ambos empiezan a levantar la mirada. Como si se les acabara de dar una orden, centímetro a centímetro, gota a gota levantan sus cabezas, hasta que finalmente pasa lo inevitable.

Los ojos se encuentran y ambos retienen el aliento, el tiempo empieza a enlentecerse. Los otros transeúntes ya no existen, son sombras sin rostro. Y debajo del puente ya no hay una carretera; ahora es un mar de una extensión majestuosa. Los autos ahora son peces suspendidos en el tiempo que despiden luces rojas y amarillas, y las gotas que caen sobre el puente están totalmente detenidas; son prismas atravesados por las luces de los peces, lo cual genera que cada gota sea igual a un pequeño foco de luz. Luces amarillas y rojas cubren todo el lugar mientras los dos jóvenes se sostienen la mirada. Y en este momento, la ciudad enmudecida.